1/10/07

Se dio bien; se dio...

El sábado quedé por fin para pajarear sensu stricto. A través de Internet había localizado a Lalo, gallego de Muros afincado en la isla como albañil desde hace 20 años, después de que decidiese no volver a embarcarse tras hacer el servicio. Lalo es un celta modélico, de los que enamorarían a Murguía y a Pondal; pequeño, rubio y con los ojos color azul bandera.
Tras una breve parada en la salinas de Salobrar de Campos (arriba, con Lalo de espaldas), bullentes de limícolas, acudimos al cabo de Ses Salines, extremo sur de la isla, donde nos encontramos con Juanjo y Alfonso. Los tres se autodenominan “raptófagos”, y habían escogido el lugar para intentar captar el ligero paso postnupcial de rapaces a través de las Baleares. No hubo suerte en ese sentido, ya que sólo un halcón de Eleonor se dignó a pasar sobre nosotros, camino de la cercana Cabrera; pero el día quedó de sobra justificado cuando encontramos una urraca. Una urraca, sí; una mísera urraca, pero que por lo visto era la 2ª que se veía en las islas (o por lo menos, los saltos que daban se correspondían con semejante hallazgo).
Bien por la urraca... pero eso, que no dejaba de ser una urraca, y yo no me he venido a Baleares a ver urracas. Así que les dejé esperando a las rapaces que nunca aparecieron, y me perdí un poco entre los arbustos cercanos a la playa. Y hubo recompensa; aunque me pasé más tiempo convenciendo a las garrapatas que me asediaban por docenas de que se buscasen otra presa que atendiendo a los pájaros, finalmente mis tres primeras currucas baleares Sylvia balearica asomaron su preciosa cabecita gris azulada entre las ramas de una sabina mil veces retorcida por el viento de levante.


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