15/11/15

Terror

¡Qué bien puesto está el nombre de "terrorismo"! Casi me atrevería a decir que lo peor de los atentados del viernes en París no fueron las pocas horas en que los muertos comenzaron a apilarse en las calles, sino la situación de conmoción posterior, en la que sigue la ciudad: población recluida en sus casas, calles tomadas por los militares, la histeria de buscar por todos los rincones sin saber qué se busca, o qué se teme... la parálisis de la sociedad, en definitiva. Y la resaca interminable: las luchas políticas, la excusa perfecta para replantearse el apoyo que se les da a los refugiados... El miedo a que cualquier trastornado pueda querer emular estas masacres en el metro que coges, en el bar al que entras. Revivir todo lo peor de 2004.

Qué arma tan poderosa, el miedo; qué difícil de vencer. Y qué necesario, para que una batalla de una noche no reporte a los enemigos del hombre una victoria de meses. Para que, además, el miedo no lleve al odio. Vencer al miedo y al odio con amor: es la única solución duradera, y ¡qué imposible parece! Menos mal que para Dios "todo es posible". Como dije tras el accidente del Alvia, que Dios nos pille confesados...

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